agosto 21, 2008

Adivina a quién espero



No soy de las personas que se impacientan fácilmente, ni de las que pierden la calma en un instante, pero ese olor tan raro (será desinfectante para pisos o algo así) me va poniendo nervioso de a poco. El tiempo transcurre lentamente y sé que tardará todavía en llegar. Para no convertirme en víctima del aburrimiento, me pondré a observar todo lo que hay a mi alrededor:

Hoy el escritorio se ve más grande que de costumbre, aunque debe ser porque han quitado algunos objetos. Al menos se han llevado el portarretrato con la foto de un niño que se parecía mucho al protagonista de una película de terror que vi hace tiempo. Tampoco está el bolígrafo con forma de hueso, que por cierto me habría servido mucho en estos momentos para hacer algunos garabatos innecesarios. Falta también el pisapapeles que… bueno, lo había olvidado, el pisapapeles que me llevé el mes pasado.

Los cuadros no son muy originales que digamos, en todos figuran personas sonriendo sin un motivo aparente; los que tengo al frente mío son un poco más interesantes, en ellos al menos se pueden ver unas cuantas cosas acerca de estudios y universidades. Nunca he sabido cómo se utiliza la balanza, sería más fácil si tuviera una pantalla digital en la que aparezca el peso exacto, aunque para mí eso ya no es motivo de curiosidad. Trato de descubrir si los frascos y las cajitas del estante están ordenados bajo algún parámetro, pero desde aquí es difícil leer aquellas letritas, y no pienso pararme para hacerlo. Tampoco pienso pararme para acostarme en la cama, que me ha estado llamando desde hace algún rato. No, quedaría dormido en el acto.

Por fin llegó. Se lo nota algo agitado. Seguramente ha estado haciendo algo más importante que mirar un poco de objetos para hallarles algún sentido.


Autor: Javier Maruri

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